02 noviembre 2010

Son todos iguales.

Juan metió las dos rebanadas de pan en la tostadora. Se frotó un ojo a la vez que intentaba ordenar un poco los dolores de su cabeza. Las risotadas de sus amigos se juntaban con el ron añejo y los labios de la morena, que aún parecían besarle. Miró el reloj, ya habían pasado las dos de la tarde. No quería volver a la habitación. Se sentía culpable y no quería recordarlo ahora. Prefería fingir, al menos por un momento, que estaba solo. Tenía tiempo de sobra. Julia, su mujer, ahora estaba en Barcelona por trabajo y no volvía hasta el miércoles.