29 diciembre 2010

Historias de Bomberos

Corrí y corrí hasta la esquina pero sólo pude ver cuando el camión de bomberos ya se iba. Me quedé mirando hasta que se hizo chiquito. Casi tan chiquito como el que yo tengo. Y puse los ojos, así, casi como cerrados para poder verlo hasta que sólo era una estrellita. Pero roja, claro. Eso no me servía para nada. De lejos ya estaba cansado de verlos. Cuando pasan rapidísimo con todas esas luces rojas girando. Y la sirena, con ese ruido que hace tan fuerte. Que es para avisar a la gente, sobre todo a los que son un poco sordos. Que no están de broma y que dejen el camino libre. La policía también tiene sirenas, y los médicos, pero son muy diferentes. Yo creo que soy el único que, si me dejan escuchar con tranquilidad, sé cuando son los bomberos y cuando no.

Pero ya ni sirena, ni estrellita roja, ni nada. Ya se perdieron de vista. Que rabia no salir antes. Me parece que mi madre es demasiado miedosa conmigo. Pero yo no soy miedoso como las niñas. Otro día mejor salgo disimulando, como cuando vinieron las amigas de mi madre. Salí y no dije nada, y mi madre ni se dio cuenta. La próxima vez hago eso, porque a mí me emocionan mucho los bomberos y mi madre creo que no lo entiende. Por ejemplo cuando oigo que hablan de un incendio en la tele, voy como una bala al salón. Pero enseguida me enfado. Porque los periodistas son tontos, van y le preguntan a dos señoras que no saben nada. ¿Por qué no le preguntan al bombero, que es el que más sabe de incendios? Y en dos minutos ya se ponen a hablar de fútbol o de política, que es lo que más le gusta a mi abuelo.