02 noviembre 2010

Son todos iguales.

Juan metió las dos rebanadas de pan en la tostadora. Se frotó un ojo a la vez que intentaba ordenar un poco los dolores de su cabeza. Las risotadas de sus amigos se juntaban con el ron añejo y los labios de la morena, que aún parecían besarle. Miró el reloj, ya habían pasado las dos de la tarde. No quería volver a la habitación. Se sentía culpable y no quería recordarlo ahora. Prefería fingir, al menos por un momento, que estaba solo. Tenía tiempo de sobra. Julia, su mujer, ahora estaba en Barcelona por trabajo y no volvía hasta el miércoles. 

El miércoles. Faltaban tres días. Podía desayunar plácidamente y luego ya vería que hacía con la noche anterior.  Ahora se sentaría en el sofá muy tranquilo, con sus tostadas, su mantequilla, su cafecito con leche. Un poco de zapping. O mejor aún, aprovecharía a mirar los episodios de Dexter que tenía postergados por culpa de Julia. ¿Y si llamaba? Dexter tal vez no era una buena idea para relajarse. No había pensando en la llamada de buenos días de Julia, y era muy posible que llamara de un momento a otro. Estiró el brazo para coger un estuche azul y cuadrado de la estantería. De hecho es raro que no hubiera llamado ya. Abrió la caja de los discos y saco el que ponía “Mad Men 3”. Pero lo dejó todo arriba de la mesa y se levantó. Cogió su móvil. Ni llamada, ni mensaje. Eran ya las dos y media. No tardaría en llamar. Pensó que sería mejor ir a la habitación y despertar a la chica. No le hacía gracia tener a Julia en el teléfono y a la chica durmiendo desnuda a unos pocos metros. Recogió los restos del desayuno y lo llevó todo a la cocina. En ese momento oyó el sonido del ascensor deteniéndose en su planta. Dejó de respirar por un momento. Era imposible que fuera Julia. Su corazón se aceleró. Se paró frente a la puerta intentando reconocer los sonidos al otro lado. Una llave giró en su cerradura.
–¡Hola amor! ¡Ya estoy aquí! –exclamó Julia al abrir.
–Hola…
–Joer, que cara tienes.
–Si. Se me parte la cabeza.
–Es que ya no puedes irte de fiesta con tus amigos como antes.
–Si.
–Toma. A ver que te parecen, creo que algunas han quedado muy bien –dijo ella sacando unas fotos de un gran sobre amarillo.
–Creo que está sonando tu móvil. –le avisó Juan buscando un refugio.
–Espera. Si. Es Montse.

Juan se sentó en el sofá y dejó las fotos sobre la mesa frente a él. No podía despegar los ojos de Julia. Hablaba por el móvil caminando por el salón de un lado para otro. Siempre le hizo gracia ese gesto, esas caminatas sin ton ni son. Pero ahora no. Ahora era como un cuchillo entrando y saliendo de su abdomen, según se acercaba o alejaba de la puerta de la habitación. La veía pero no la escuchaba, había entrado como en una especie de ensoñación. Estaba inmovilizado, entregado. Pensaba en la puerta de su habitación. Nunca le había prestado atención. Apenas le veía utilidad. Y ahora su futuro dependía de esa puerta. Observó la foto que había quedado encima de todas. Un pez atrapado en una maraña de redes, diferentes, mezcladas. Un montón de hilos, antes inofensivos, ahora ahogándole. Un ojo enorme mirándole, pidiendo ayuda o simplemente viendo como su vida se va de forma absurda, violenta, inesperada sin poder hacer nada. Se quedó hipnotizado. 
–Escucha Montse,  tranquila, que bajo ahora mismo. –dijo Julia aún hablando por el móvil.
Juan respiró hondo pero no podía quitarse la angustia. Volvió a mirar la foto. El ojo seguía allí. Intento despegarse. 
–Que no mujer, si en el Ave vienes como una princesa. Que si, que ahora mismo bajo. Y no llores mujer, los hombres son todos iguales.



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