22 abril 2014

Sofá


Apenas sonidos apagados indescifrables, el murmullo de alguna televisión, pequeños golpes. Un movimiento casi automático con mis pies y los escondo otra vez debajo de la manta. Me doy otra vuelta en el sofá y siento un libro clavándose en mi espalda. Deslizo mi mano por debajo de la espalda y lo quito. Todo por una chica. Lo dejo en el suelo al lado del tabaco. Me encanta esta sensación de espesura, este aire de sábado que parece que nunca va a terminar. Este espacio de tiempo de no hacer nada. Nada que me saque de esta oscuridad. El cuerpo relajado. La mente en cosas blancas sin importancia. Perder el sentido de donde estoy. Imaginarme en un sofá de otro piso, de hace años, cuando iba al instituto, con esos pelos raros que ni podía peinar. Sin ese fantasma del acecho del lunes. Había lunes, si, pero no había jefes mediocres, ni rutina de charla de café aburrida, ni gente fea y monótona Desagradables. Bueno, la nueva becaria de Marketing no está nada mal. Es una alegría con esos mini vestidos que me trae, aunque el viernes, con vaqueros y las converse tenía su punto también. Y se nos quedó una charla interesante por la mitad, ya veremos qué pasa, pero su sonrisas no mienten. La barba finalmente está dando sus resultados. Gracias prima. Lástima que al final no hubo cañas Ahora debería levantarme. Limpiar un poco antes de que venga mi compi. Creo que el móvil en algún momento ha vibrado o ha hecho el intento.

29 diciembre 2010

Historias de Bomberos

Corrí y corrí hasta la esquina pero sólo pude ver cuando el camión de bomberos ya se iba. Me quedé mirando hasta que se hizo chiquito. Casi tan chiquito como el que yo tengo. Y puse los ojos, así, casi como cerrados para poder verlo hasta que sólo era una estrellita. Pero roja, claro. Eso no me servía para nada. De lejos ya estaba cansado de verlos. Cuando pasan rapidísimo con todas esas luces rojas girando. Y la sirena, con ese ruido que hace tan fuerte. Que es para avisar a la gente, sobre todo a los que son un poco sordos. Que no están de broma y que dejen el camino libre. La policía también tiene sirenas, y los médicos, pero son muy diferentes. Yo creo que soy el único que, si me dejan escuchar con tranquilidad, sé cuando son los bomberos y cuando no.

Pero ya ni sirena, ni estrellita roja, ni nada. Ya se perdieron de vista. Que rabia no salir antes. Me parece que mi madre es demasiado miedosa conmigo. Pero yo no soy miedoso como las niñas. Otro día mejor salgo disimulando, como cuando vinieron las amigas de mi madre. Salí y no dije nada, y mi madre ni se dio cuenta. La próxima vez hago eso, porque a mí me emocionan mucho los bomberos y mi madre creo que no lo entiende. Por ejemplo cuando oigo que hablan de un incendio en la tele, voy como una bala al salón. Pero enseguida me enfado. Porque los periodistas son tontos, van y le preguntan a dos señoras que no saben nada. ¿Por qué no le preguntan al bombero, que es el que más sabe de incendios? Y en dos minutos ya se ponen a hablar de fútbol o de política, que es lo que más le gusta a mi abuelo.

02 noviembre 2010

Son todos iguales.

Juan metió las dos rebanadas de pan en la tostadora. Se frotó un ojo a la vez que intentaba ordenar un poco los dolores de su cabeza. Las risotadas de sus amigos se juntaban con el ron añejo y los labios de la morena, que aún parecían besarle. Miró el reloj, ya habían pasado las dos de la tarde. No quería volver a la habitación. Se sentía culpable y no quería recordarlo ahora. Prefería fingir, al menos por un momento, que estaba solo. Tenía tiempo de sobra. Julia, su mujer, ahora estaba en Barcelona por trabajo y no volvía hasta el miércoles.