14 abril 2010

La chica del bolso rojo.

Elena bebió el resto del cubata y miró al otro extremo de la barra. Pablo seguía allí. Ella lo había dejado hacía quince minutos con la excusa de ir al baño. Al salir ya no volvió con él, buscó su esquina inicial en la barra y se pidió otra copa. La conversación había sido demasiado previsible y anodina. Y necesitaba un descanso. De todos modos había varias razones para retomar la charla con él y llevárselo a la cama. Una de ellas y la que debería ser la más importante a la hora de decidir estas cuestiones químicas: que era lo suficientemente atractivo como hacerle olvidar al menos por unas horas, todo lo que le había pasado en sus últimos días en Barcelona.




Mientras analizaba todo esto, se había bebido tranquilamente su ron con coca cola. Pero sin perder en ningún momento el contacto visual. Sabía controlar muy bien los tiempos en este tipo de situaciones. A pesar de sus, apenas, veintidós años había cerrado ya muchos bares. Y sus amaneceres en camas extrañas eran incontables.


Pablo, que hasta hacía un rato estaba encantado hablando con ella, ahora la veía lejana, al otro lado del bar, observándolo divertida. Él solamente la imitaba, si saber que más hacer. ¿Qué era eso? ¿Un juego? ¿Quería que fuera a buscarla? ¿O simplemente se había aburrido de él? ¿Su sonrisa era una burla? ¿O una invitación? Al menos Juan, su amigo de toda la vida, se había ido ya. Si no estaría agobiándole, con sus consejos inútiles de siempre, a los que Pablo nunca hacía caso. Sabía muy bien cómo conquistar a las chicas, encantarlas con su sonrisa y miradas. Su repertorio de ocurrencias y frases de manual, como le decía Juan. Tan gastadas como efectivas.


A pesar de la incertidumbre, que daba vueltas en su estómago intentaba mantener una sonrisa de seguridad. Eso no impedía que estuviera sintiéndose, en el fondo, un poco idiota con la situación. También podía pasar de todo, pagar e irse a casa. Sin embargo, sentía en su interior una necesidad de salir de ese universo de noches repetidas y chicas calcadas. Y Elena, además, le parecía realmente muy atractiva. Le encantaba incluso su extravagante forma de vestir. Le hacía mucha gracia su bolso rojo, en el que parecía llevar a cuestas su vida entera. La charla le había resultado divertida e interesante, si bien es cierto también que algunas cosas que había dicho ella le habían dejado en blanco. No era Pablo, precisamente, un experto en sarcasmos o sutilezas. Y eso si que no le gustaba, no estaba acostumbrado a ese tipo de chicas, que parecían querer ponerlo a prueba en cada momento.


Cuando miró otra vez, Elena no estaba en su sitio. Por unos segundos, que le parecieron eternos, se dibujó en su cara, el desconcierto de un niño al ver su bola de helado estrellada en el suelo. ¿Se había ido sin más? No. Estaba ahí, frente a él.


- Ya estoy aquí - dijo Elena como si siempre hubiera estado claro que iba a volver.
- Hola... ¡Cuánto tiempo! Me alegro de verte otra vez... - dijo disfrazando de juego la sinceridad de su frase. - ¿Te habías perdido?
- No, que va… Me gusta conocer a la gente poco a poco… Quería tener otro punto de vista sobre ti.
- ¿Y has descubierto algo nuevo?
- Si. Que para saber si me convienes, me faltan saber algunas cosas importantes.
- ¿Por ejemplo?
- Por ejemplo... ¿eres de Mac o de PC?
- De Mac. Por supuesto. Si tienes clase, tienes un Mac.
- ¿Y tú tienes clase?
- A ver, pero no me líes con tus juegos de preguntas... termina la historia esa que habías empezado a contarme antes de esfumarte...
- ¿Qué historia?
- Me dijiste que mañana te ibas a Paris, a buscar a un chico...
- ¿No tenéis casa? – interrumpió la voz de Jesús, el dueño del bar, que ya empezaba a recoger.
- Parece que nos echan
- Tranquila, que Jesús es siempre así. – dijo Pablo intentando ganar tiempo para pensar algo y alargar la noche con ella.
- Igualmente tendría que irme ya
- Yo llevo coche, te puedo dejar donde quieras.


Ella se despertó con su bendito insomnio. Él, desnudo, profundamente dormido a su lado. Procurando no despertarlo, cogió su camiseta blanca abandonada en un rincón y la utilizó a modo de mini vestido. Recorrió el piso con tranquilidad. Arrastrando el dedo índice contra la pared, dejando una marca imaginaria como hacía desde pequeña al descubrir una casa. Ciento veinte metros cuadrado, 3 habitaciones, 2 baños. El salón enorme, tele de 40 pulgadas con su correspondiente sofá. La cocina muy grande completamente equipada. Todo lucía tan reluciente y organizado que Elena se reía imaginándose viviendo allí con Pablo. Al final de su exploración encontró lo que buscaba. En una especie de despacho sobre un amplio escritorio reinaba blanco e impoluto el Mac de Pablo. Estaba encendido y tenía un iPod conectado a su lado. Lo apagó. Lo cerró. Quito los cables, el ratón, el iPod y lo metió todo en su bolso rojo.


Se quedó un momento con los ojos cerrados. Siempre lo hacía. Necesitaba ese instante de reflexión, en que todavía puedes volver atrás. Disfrutaba ese punto donde dudas y certezas se mezclaban.


Luego se metió en la cocina, y mientras preparaba café y unas tostadas, oyó que él se levantaba. Cogió un plato y una taza para él. Pablo pasó por delante de la puerta, saludó con un gruñido y se metió en el baño. Elena parecía conocer perfectamente el idioma de los gruñidos masculinos. Terminó de beber su café mientras oía el sonido de la ducha, lavó la taza, recogió su bolso rojo y se fue. Sobre la mesa le dejó 2 tostadas y una taza de café recién hecho.


Era un viernes de sol. De esos que apetece madrugar. Cogió un taxi que parecía esperarla en la esquina. Le recordó a su padre cuando iba a buscarla al colegio, aunque no era frecuente o tal vez por eso, le encantaba cuando lo descubría allí con aquel coche que a ella siempre le pareció maravilloso. Se sentó y golpeó con fuerza la puerta para despertar al taxista de su siesta matinal. A la estación de Sans, dijo sin esperar respuesta. Sentada junto a la ventanilla veía el viernes pasar mientras su mano acariciaba el relieve de la clásica manzana, en el ordenador que acababa de liberar.


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