28 abril 2010

Maldito Calor

Pedro salió de su casa muy nervioso, sudando. Le faltaba su ducha rápida antes de irse a trabajar en el taxi. Pero no aguantaba ni un minuto más allí dentro. Esther, otra vez, le había sacado de quicio.


Llevaba casado con ella veintitrés años y era lo que más quería en el mundo. Sin embargo, las cosas, no iban muy bien últimamente. Ella pasaba cada vez más horas en el ordenador. Y aunque Pedro no tenía demasiada idea de aquellos mundos virtuales, que frecuentaba Esther. Sabía que había por allí, algo oculto. Oscuro. Y su ignorancia en esas cuestiones se convertía en impotencia.




Discutían por todo. Y tenían muchas peleas, como la de hoy, que nunca terminaban bien. No soportaba, esa costumbre nueva de contestarle, desafiante. No podía con eso. Le sacaba completamente de sí. Se volvía loco. Al menos esta vez se había quedado callada. Por fin.


Maldito Calor. Parecía que la cabeza iba estallarle. Buscó su taxi con la mirada. No lo veía por ningún lado. Creía que lo había dejado frente al bar de Jesús. Pero allí no estaba. Dio toda la vuelta a la manzana y nada. Siguió dos calles más y ni rastro. Solo faltaba que se lo hubieran robado hoy. Volvió sobre sus pasos y por fin lo encontró.


Se sentó al volante y puso las manos en la cara. Como si con ese gesto pudiera quitarse la mala sensación del cuerpo. Se quedo así un rato, con los ojos cerrados. Quería dejar su mente en blanco pero un portazo le hizo volver a la realidad. "A la estación de Sans" dijo la inesperada clienta. Una chica de unos 20 años se había acomodado en el asiento de atrás con un gran bolso. Ella se quedó mirándolo extrañada. Pedro, sin decir ni palabra, puso en marcha el coche. Condujo hasta la estación de trenes y fue el único viaje del día.


Pasó algunas horas recorriendo las mismas calles aburridas de siempre, sin rumbo fijo. Y sin atender a nada. En su mente se concentraban un montón de imágenes y ninguna agradable. Sólo el automatismo que le habían impreso sus años de experiencia impidieron que tuviera un accidente.


A las 4, Pedro decidió volver a casa. Quería terminar ya con ese día de mierda. Fue a la floristería de Asunción y compró un ramo de rosas amarillas. Las preferidas de Esther. Era su forma de equilibrar los malos ratos que le hacía pasar. Solo el ver la cara de ella al recibirlas era su alivio de conciencia. 
Salió de la floristería seguro de que un rato ya las cosas volverían a su cauce normal. “Es increíble lo que pueden lograr unas flores en una mujer”. Bueno, al menos con Esther funcionaba. Cualquier tontería que hubiera hecho él. Se olvidaba con un buen ramo.


Al llegar a su calle, había sitio de sobra para aparcar frente a su casa. Eso siempre era una buena señal de que las cosas iban a ir bien. Antes de entrar miró el ramo, estaba precioso, esta vez Asunción se había esmerado.


Pedro sentía el cuerpo extremadamente cansado y su dolor de cabeza había ido en aumento. Entró por fin en casa, cerró la puerta y no pudo dar un pasó más. Se quedó un rato allí, de pie, petrificado. Sitiendo una enorme presión el pecho. Esther estaba allí. Tal como la había dejado. Su cuerpo extendido en el suelo, en extraña posición. Inmóvil.

Mareado, se sentó en el sofá y dejo el ramo de rosas a un lado. 

Frente a él, la televisión, aún encendida, con el programa que animaba las tardes de Esther.




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