16 junio 2010

Eva

–¿Y por qué esperaste a que yo no estuviera en Madrid? –preguntó Eva.
–No esperé nada. El sábado pasó Ana por mi piso y se lo conté. –Contestó Ainhoa.
–A veces parece que sólo Ana fuera tu madre…
–Mamá, no dramatices.
–No, no dramatizo.  Siempre has tenido mejor relación con Ana...
–Sabes que no es así. Sois mis dos mamis guapas y las quiero mucho a las dos. –Dijo Ainhoa y abrazó fuerte a su madre.
–¿Y desde cuando te han empezado a gustar los chicos? –Eva encendió un cigarro y se sentó en el sofá
–Desde siempre.
–¿Desde siempre? ¿Y todas las chicas con las que has estado?
–¿Qué pasa con eso?
–¿No te gustaban? ¿Era para disimular?
–No que va...
–¿Nos has mentido todo este tiempo?
–Que no, mamá. También me gustan los chicos. He estado con chicos y chicas.
–Si hablaras más conmigo y me contarás tus cosas...
–Pero es que hay cosas que se ven, no hay que contarlas, por eso digo que igual no querías verlo. ¿O creías que con Joaquín sólo éramos amigos? ¿y Pepe?
–¿Y Ana sabía también que te gustaban los chicos?
–Pero si no es ningún secreto. Pero tampoco tengo que publicarlo. ¿O si?
–¿Pero ella lo sabía o no?
–¿Es importante eso?
–Si, porque ahora descubro que hay cosas que habláis a mis espaldas...
–Nadie hablaba cosas a tus espaldas, no seas exagerada.
–Es la sensación que tengo ahora mismo.
–Mamá, estás sacando las cosas de quicio. Vamos a ver, primero que nada aquí no hay ningún secreto ni se te ha ocultado nada. Simplemente que yo me relaciono con Ana de una forma y contigo de otra.
–...
–No pongas esa cara. De verdad, mamá. Que es normal. Somos tres personas muy diferente y es natural que nos comuniquemos de esa forma.
–Pero ahora me entero de cosas que... ¿O sea que con Joaquín érais novios?
–Que no, solo éramos amigos pero con derechos... bueno, que follábamos. Mejor hablar claro para que lo entiendas bien.
–Tampoco te pases, que no soy tonta.
–Prefiero pasarme a quedarme corta; que luego dices que no te cuento todo. Porque lo de Joaquín era más que evidente.
–Hombre tampoco tanto, además me has dicho que eran amigos.
–¡Mamá! Se quedaba a dormir casi todos los fines de semana.
–Ya. Pero yo creía que... ¿Y Ana, por qué tampoco me dijo nada?
­–¿No te dijo nada de que?
–De que te gustaban los chicos.
–Vamos a ver. Yo creo que el problema está en que vosotras tenéis una forma muy diferente de ver las cosas.
–¿Diferente en qué?
–No sé, Ana es más abierta. Tú, en cambio, eres más estructurada, estás más en tu mundo. Nunca has estado con un chico y hasta me dijiste una vez, que sexualmente te daban asco.
–¿Asco? No, yo no dije eso. Pero es normal que no me gustaran, ¿no?  Siempre fui lesbiana.
–¿Ves? eso es lo que te digo. Tu defiendes la orientación sexual como si fuera una religión. Y yo soy mas de las que piensan que cuando te gusta una persona, da igual si es hombre o mujer, solo hay que dejarse llevar. En el fondo somos todos bisexuales.
–Todos, no...
–Si, si, todos. Lo que pasa es que la gente, como en muchas cosas, intenta siempre colocarse de un lado o del otro, o eres hetero o eres gay. Y así se sienten más cómodos, más seguros.
–¿Más seguros? Te prometo que yo nunca me sentí segura siendo lesbiana y tuve bastantes problemas, no te olvides que hace diez años las cosas eran muy diferentes.
–Pues Ana vivió la misma época que tú. Y ve las cosas diferentes.
–Bueno, ella es más joven que yo. Pero también está orgullosa de ser lesbiana.
–¡Ya estamos con el orgullo! ¿Vale para algo la tontería esa del orgullo gay?
–Tampoco hables así, que no me gusta.
–Mamá, que no soy Rouco Varela, sabes que solo exagero para que veas que hay que tomarse las cosas más relajadamente.
–Ya… –dijo Eva respirando mientras acomodaba sus ideas.
­–Tampoco vamos a casarnos ahora mismo.
–Si te lo ha pedido es por que piensan casarse ¿o ya no funciona así?
–Si, mamá, pero no tiene que ser ya, apenas llevamos dos meses juntos.
–Pero tendrán pensada una fecha o algo, digo yo.
–No, que va. Ya veremos. Tal vez el año que viene o el otro.
Eva se recostó en el sofá relajada y dejando aparecer una leve sonrisa. Su niña había crecido y ella casi no se había dado cuenta. Le hizo señas para que se sentara a su lado.
–Ven... Ahora cuéntame lo más importante:
¿Cómo fue que te lo pidió?
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